Luisa Peluffo, nacida en Buenos Aires, ha obtenido ex – aequo con este libro el XVIII Premio “Carmen Conde” de poesía escrita por mujeres.

La autora, con una amplia trayectoria literaria e importantes premios, se nos muestra en UN COLOR INEXISTENTE como continuadora de la mejor tradición poética argentina. La delicadeza campea por todos sus versos adquiriendo, sin apartarse de la fuerza expresiva, un tono reconfortante y luminoso. Imágenes sin tiempo que se levantan de la bruma para regalarnos su caudal sonoro. Libro de gran belleza estética y de armonía confidencial.

(Colección Torremozas Madrid)

ITINERARIO LÍRICO Y VITAL
Jorge Ariel Madrazo (Diario La NaciÓn, 2 de junio de 2002)

Atrae la atención en este nuevo poemario de Luisa Peluffo  - Premio “Carmen Conde” 2001 – la ductilidad del lenguaje poético y la riqueza de imágenes; una frescura expresiva que, con el correr de las páginas, da cabida sin embargo a un tono más reflexivo y melancólico.

Peluffo, autora de una obra amplia y galardonada, se muestra aquí capaz de recrear con calidez tanto la exuberancia del reino natural que algún día enmarcó a la infancia como las vicisitudes del espíritu en el pasaje a la edad adulta. La sucesión de breves capítulos, desde “En la Isla de Mandioca” hasta que cierra el volumen, “Un color inexistente”, configuran un  itinerario lírico-vital iniciado en aquella niña que “asoma su animal salvaje” y que “huele a intemperie.”

La luminosidad vibra, ya desde las primeras líneas, en el río, la casa o el patio donde tienen lugar los ritos iniciáticos de la niña que mañana será la mujer, cuyo cuerpo “almacena/ un olor tibio a dulce/ espesándose en la cocina”. De a poco irrumpe la figura del hombre y con él otra iniciación: “Ella sabe que él desatará/desprenderá soltará rasgará...” La sugerencia erótica cobra fuerza; el mismo patio hasta ayer colamdo por: “los ángeles/ de la primera comunión/ el merengue de la torta/ el arroz con leche/ y la nube con forma de oveja” ahora está vacío: apenas si el cantar de las chicharras asiste al quejido de la piel entreabierta. Piel y carne velarán la “axila/ de raíz turbulenta/ ácida/ y mojada” de la niña-novia del poema “Retrato” en el que Peluffo evoca el “color violento y amarillo” de Van Gogh en Auvers-sur-Oise.

El despertar sexual de la niña recién casada, cuando “la proa del barco/ se hunde como una daga en/ el agua poderosa y la divide/ en dos mitades impecables”, da paso luego a otra violencia, la de la yarará y su minúscula mordida que rompe la aparente armonía; el aire de infantil cantinela se transforma en un registro de áspera sobriedad: “Alguien teje/ la muerte es vanguardia/ no hay aplausos// La muerte/ es absolutamente moderna.” Y, en el tránsito gradual a un enfoque más distante, aparece un “usted”.

Así, se nos dice que usted, el hijo de la niña, ensaya el sonido de las palabras. “Aprende que la palabra pan se come/ Que la palabra agua se bebe.” Y si antes la mujer amasaba en la cocina “mil hojas dulcísimas”, ahora es el lugar de la pena: “La taza se quiebra/ un pedacito se va/ por el desague.” No asombra que las siguientes secciones se titulen “Lejos”, “Puertos”, “Intemperie”.

El poemario se corona con estos versos tan eficaces como reveladores: “Usted fuerza las puertas/ y se abre de golpe/ a un vacío deslumbrante.// A la deriva/ comienza a escribir.// Lo desconocido/ que hay en usted/ escribe.” Bien lo sabe Luisa Peluffo, poeta de raza.
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